LA HERMANDAD DE LA PASIÓN

Corella ha sido siempre un pueblo en el que la Semana Santa se ha vivido con una gran intensidad y religiosidad, sin duda porque la tradición, la implicación y participación en la misma y en la totalidad de los actos que la conforman se han ido transmitiendo de padres a hijos a lo largo de las diversas generaciones. Esto, sin embargo, no hubiera sido posible sin la labor desarrollada desde su fundación por la Hermandad de la Pasión, entidad que, integrada por una serie de corellanos amantes de sus costumbres y tradiciones, ha estado estrechamente relacionada con la Semana Santa corellana a lo largo de prácticamente todo este último siglo. Esta misma labor es la que a todos nos corresponde seguir realizando para que nuestros hijos y las futuras generaciones venideras reciban el legado, si cabe mejorado y reforzado, que a nosotros nos ha sido entregado.

Ya hemos señalado en las páginas precedentes cómo los orígenes de la Hermandad se pueden remontar en la creación de la Hermandad de Caridad y Amistad, el 22 de febrero de 1710, con el objeto de honrar la memoria de la Pasión y Muerte del Señor. Y se ha narrado también cómo para cumplir con este objeto se encargó el grupo escultórico de imágenes representativas del pasaje del Descendimiento.

Pero después, hubo que esperar a 1937 para que, en los antes citados folletos que se editaron durante esos años, se reclamara la creación de una Hermandad para unir los esfuerzos de los corellanos a favor de la procesión y los cultos de la Semana Santa.

El trabajo desarrollado en esos años para consolidar esta idea, a diferencia de lo que había ocurrido en alguna otra ocasión anterior en que se había intentado, con celebración de reuniones incluso, tuvo esta vez una muy buena acogida en gran parte del pueblo de tal forma que el 20 de abril de 1941, a instancias del entonces Arcipreste D. Serafín Jimeno, se designó una comisión encargada de redactar un reglamento fundacional de la Hermandad con los fines por todos conocidos. Esta comisión estaba formada por D. Julián Hernández, D. J. Ramón Lasantas, D. Fco. Javier Viscasillas y los Presbíteros D. Antonio Arellano y D. Luis Atienza.

Pese a ser aprobados los Estatutos en el plazo de un mes, previo concienzudo estudio, según se dice, del Código de Derecho Canónico y del Reglamento de la Hermandad de la Pasión de Pamplona, no es hasta el 2 de febrero de 1943 cuando se constituye una primera Junta de la Hermandad, si bien de forma provisional, que estaba constituida por los dos Sres. Párrocos, D. Serafín Jimeno y D. Francisco González, como Capellanes, Presidente D. José Ramón Lasantas, Vicepresidente D. Enrique Mateo, Secretario D. Luis Atienza, Tesorero D. José Librada y Vocales D. Julián Hernández, D. Jesús Armendáriz, D. Miguel Arellano, D. Nicolás Arellano, D. Jesús Ormazábal y D. Manuel Pardo.

Esta Junta fue la encargada de presentar el 24 de febrero de 1943 al Obispo de Tarazona, al pertenecer Corella entonces a dicha Diócesis, la importante labor que se estaba realizando en la localidad para la constitución de la Hermandad y potenciación de la Procesión, sometiéndole a su aprobación las Bases y Estatutos por las que había de regirse, hecho éste que tuvo lugar definitivamente el 7 de marzo de 1944, fecha en la que el Sr. Obispo erige canónicamente la “Hermandad de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” en la Capilla del Santo Cristo de la Iglesia Parroquial de San Miguel de Corella.

Es interesante detenerse a analizar, siquiera brevemente, algunas de las acciones que se llevaron a cabo por dicha Junta que, junto a las realizadas en la década de los 70 y 80, constituyen, quizás, los momentos en que se producen las mayores novedades e incorporaciones en la Procesión del Santo Entierro.

La primera y más importante labor que realizaron fue la de conseguir la participación de buena parte de los corellanos en la Hermandad, de tal forma que tras el envío de cartas, colocación de pasquines y visitas a las casas consiguieron en un primer momento que la nueva entidad contara con 165 hermanos, los cuales pasaron a formar parte de la misma con cuotas acordes a sus posibilidades, y que sumaron un total de 1.642 pesetas. El número de hermanos fue posteriormente aumentando hasta alcanzar en el año 1950 una cifra próxima a los 450, que continuaban aportando sus correspondientes cuotas.

Es de destacar igualmente que en estos momentos iniciales de funcionamiento de la Hermandad, que fijamos en 1943, se toma la decisión de adquirir dos nuevos pasos que aportaran una mayor espectacularidad a la procesión. Es el caso del paso del Santo Sepulcro tal y como lo conocemos en la actualidad, cuya adquisición tuvo un costo de 13.612,15 pesetas y que se financió con las cuotas de los hermanos, donativos que se obtuvieron de los corellanos, también los ausentes, a los que se dirigía especialmente la Hermandad solicitando colaboración, y que aportaron 7.570 pesetas a los gastos de ese año, el M.I. Ayuntamiento y por último la cesión del derecho a portar el paso a los dieciséis hermanos portadores que aportaron 3.420 pesetas.

Se tiene también constancia de que en ese año se adquirieron las andas y algún elemento más de lo que hoy conocemos como el paso del Crucificado, que costó 3.540,50 pesetas, destacando entre los elementos adquiridos la cruz labrada en la que se colocó la imagen de Cristo Crucificado de la Parroquia del Rosario, siendo las dos imágenes que acompañan a Cristo, María y San Juan Apóstol, donadas por dos hermanos.

Estas adquisiciones estuvieron acompañadas de otras acciones por parte de la Hermandad, no menos importantes para los entonces rectores de la misma y que son descritas de la siguiente forma “se preocupó del arreglo de las calles del recorrido, de reforzar la banda de música, de dar realce a la procesión ocupando su presidencia todos los miembros de la Junta severamente enlutados e invitando al Sr. Comandante de las fuerzas de Aviación a la Presidencia Civil que ocupó con el M.I. Ayuntamiento de la Ciudad, cerrando la procesión una Compañía de su mando más una sección de cornetas y tambores”. Sin duda el entusiasmo y religiosidad con que abordaron esta tarea en unos momentos especialmente difíciles en la vida de nuestra localidad se describen en la siguiente cita de finales de ese mismo año 1943: “En todo momento tuvo la Junta el especial interés en inculcar a todos, participantes y espectadores, el respeto, la religiosidad y el orden debidos, atenta siempre a todas las peticiones para satisfacerlas y a todas las necesidades para remediarlas. Dios Nuestro Señor bendijo los trabajos y esfuerzos realizados en dos meses escasos y con las difíciles circunstancias por las que atravesamos, haciendo que nuestros propósitos y anhelos se viesen satisfechos para su gloria y edificación de los fieles”.

Tras esos primeros años de funcionamiento de la Hermandad con las Bases y Estatutos aprobados inicialmente, las primeras eran catorce y los segundos contaban con cuarenta y seis artículos y dos disposiciones finales, en el año 1950 se realiza una reforma de los mismos de tal forma que se simplifican en un nuevo y único Reglamento, de muy similares contenidos en lo esencial que el anterior, si bien contaba con menos artículos, treinta y cuatro y una disposición final. En él se refleja cómo el fin de la Hermandad es el de “dar culto a Dios en homenaje de amor y gratitud a nuestro Señor Jesucristo por su bendita pasión y muerte, sentar y perfeccionar la virtud de los asociados y procurar el máximo esplendor a los cultos y procesiones en la Semana Santa”. En lo que se refiere a los hermanos, además de tener derecho de asistencia a la procesión, se les reconoce igualmente un beneficio post-mortem consistente en el sufragio de una misa rezada por su alma, costumbre ésta que en estos años es respetada.

En esa época los corellanos participaban activamente en el funcionamiento y el devenir de la Hermandad, continuando con la aportación de sus cuotas, que poco a poco fueron sustituidas con las aportaciones provenientes de cuestaciones o donativos de particulares y otras entidades (en 1963 p. ej. la Bodega Cooperativa San José y La Mutual aportaron cada una 500 pesetas), subvenciones de otros organismos, M.I. Ayuntamiento, Diputación Foral de Navarra, Caja de Ahorros de Navarra, etc. Curioso resulta comprobar cómo en esa labor que siempre se ha desarrollado desde la Hermandad para conseguir los recursos necesarios, no sólo para organizar la procesión, sino para mejorarla y dignificarla, se lleva a cabo en el año 1963 la proyección de una película de cine que reporta una taquilla de 5.364 pesetas. O el caso más sorprendente todavía, del año 1970, en el que el 22 de febrero se celebró en la Plaza de Toros un festival taurino benéfico en favor de la Procesión del Santo Entierro, que parece que no tuvo demasiado éxito si lo comparamos con la actividad anterior pues se ingresaron 3.000 pesetas. Hay que tener en cuenta, para hacerse una idea de lo que esto supuso, que el gasto total que en ese año tuvo la Hermandad fue de unas ochenta y nueve mil pesetas.

Este importante impulso y mejoras llevadas a cabo en esos años continúa y sigue produciéndose en nuestros días en los que los proyectos para dignificar y reformar algunos de los elementos de la procesión son continuos, incluida la reciente modificación efectuada en 1999 de los Estatutos de la Hermandad para su adecuación a nuestros tiempos sin perder la esencia de la entidad y los fines primordiales que dieron lugar a su creación. Todo ello no es sino una clara y evidente muestra de que el entusiasmo y cariño por nuestra procesión que demostraron nuestros antepasados sigue patente entre las gentes de Corella, para quienes su Semana Santa sigue teniendo un profundo significado que, según hemos podido escuchar en alguna de las representaciones de las Siete Palabras al sacerdote corellano Jesús Jiménez Delgado (capellán de la Hermandad durante las décadas del 60 y del 70), podríamos resumirlo así:

“Cuando Cristo muere no se nos va dejando sólo su cuerpo y su sangre, nos deja su perdón, su amor, su comprensión, su Madre. Su Madre llorando por sus hijos, sufriendo y temblando como todo corazón de mujer, pero sobre todo nos deja la salvación.

Por todo ello, Viernes Santo, más que a lutos tétricos de muerte, frío y cadáver, dice relación a amor, a victoria, a la mayor victoria jamás ganada en el mundo, victoria de Cristo sobre el pecado, el demonio, la muerte. Victoria lograda para los hombres de todos los tiempos.

Por eso nuestro Viernes Santo corellano quisiera ser, ojalá lo consigamos, una oración transida y emocionada, una respuesta agradecida al Señor de un pueblo creyente, Corella, en la que todos vamos a tomar parte desde la profundidad personal del corazón, haciendo rimar lo mejor de nuestro ser con las últimas horas del drama más cruel y salvador de todos los tiempos”.