LA PROCESIÓN DEL SANTO ENTIERRO DE CORELLA

Pocas cosas han alcanzado y siguen alcanzando en nuestra cultura católica tal grado de sentimiento, de respeto, de profundo recogimiento, de exaltación trágica, de catarsis colectiva, como la Semana Santa.

La muerte de Dios, del hijo del Padre, para salvar al hombre para la eternidad; las vejaciones, las afrentas a las que le somete un pueblo ávido por lincharle (¡crucifícalo!) y un poder político deseoso de complacer tan bajos impulsos; el martirio de un inocente; y, finalmente, su resurrección triunfadora ante la muerte son hechos de tal trascendencia que no podían derivar en otra cosa que las múltiples manifestaciones religiosas que tienen lugar por todo lo ancho de España protagonizadas por un pueblo de profundo sentimiento religioso y por una religión que ha hecho de la iconografía y de la dramatización un uso constante, con el objeto, sin duda, de favorecer la comprensión del cristianismo y sus misterios y de propiciar un más fácil acercamiento de los hombres a las realidades y los hechos en que se basa.

Con estos elementos, es fácil comprender la Semana Santa española y dentro de ésta la procesión de Viernes Santo, en la que los hechos más importantes de la Pasión y la Muerte de Jesús quedan reproducidas de forma tan dramática.

Las procesiones se suceden ese día en todos y cada uno de los pueblos de España, con mayor o menor número de pasos, con mayor o menor verismo, con mayor o menor belleza plástica, con mayor o menor profundidad, con más o menos espectacularidad.

Pero la similitud de los hechos sustanciales deja un hueco también a la singularidad, a las diferentes formas expresivas de cada pueblo, a distintas formas de representar lo narrado en las Sagradas Escrituras y a distintas formas de manifestar el dolor personal y colectivo por la Pasión y la Muerte de Dios. Se distinguen, por ejemplo, la belleza de los pasos de algunas ciudades castellanas y la solemnidad de sus procesiones, la expresión popular de las andaluzas, el atronar de tambores del Bajo Aragón, la autoflagelación de los “picaos” riojanos, los “empalaos”… en fin, un interminable número de manifestaciones distintas en las formas pero iguales en un sentimiento de dolor religioso y de respeto insondable.

En Navarra es la ciudad de Corella la que ha alcanzado un mayor grado de singularidad expresiva. La procesión del Santo Entierro no encuentra parangón ni similitudes en lugar alguno, porque a la masiva participación popular se une una escenografía a la vez peculiar y asombrosa, de difícil explicación lógica, pero fruto de las aportaciones de todo un pueblo a lo largo de al menos tres siglos de historia.

La mezcla de los pasos más clásicos en los que se representan los momentos más importantes de las últimas horas del Hijo de Dios con personajes bíblicos del Antiguo y del Nuevo Testamento, e incluso con otros iconos de la tradición, como el esqueleto con su guadaña, símbolo universal de la muerte, o las imágenes de santos posteriores a las Sagradas Escrituras, resulta difícil de explicar en su coherencia, pero encuentra una extraña unidad cuando en las tardes de Viernes Santo casi mil corellanos desfilan por las calles de su ciudad.

 

 

LA PROCESIÓN

Se ha comparado con frecuencia a la procesión de Corella con un auto sacramental porque, junto con los pasos más clásicos, habituales en cualquier pueblo, desfilan un gran número de corellanos que, ataviados a modo, representan a múltiples personajes bíblicos del Antiguo y el Nuevo Testamento y aún posteriores.

Es objeto de este libro precisamente una detallada descripción de todos los elementos que la componen, pero quisiéramos en esta introducción dejar siquiera algunas notas sobre la misma que tal vez no caben en el cuerpo central de la obra.

No existe, desde luego, conocimiento sobre la fecha en la que comenzó a celebrarse este acto, aunque la mayoría de las opiniones la sitúa en torno a los primeros años del siglo XVIII como catalización realizada por la Iglesia de las distintas manifestaciones de los gremios. En todo caso, el primer dato documentado en el que se puede remontar su origen se fecha el 22 de febrero de 1710: el acta de constitución de la primera Cofradía o Hermandad, denominada Hermandad de Caridad y Amistad de los Dolores -también conocida como del Descendimiento-. Esta cofradía, integrada en la Parroquia del Rosario, y a la que sólo podían pertenecer siete hombres en memoria de los Siete Dolores de María la Virgen, tenía como principal objetivo el de honrar la memoria de la Pasión y Muerte del Señor, finalidad que, por cierto, veremos cómo igualmente se refleja en los documentos que dieron origen dos siglos después a la Hermandad de la Pasión.

La singularidad de esta manifestación religiosa se completa además en Corella con el acto que se celebra unas horas antes bajo el nombre de “Las Siete Palabras” en el que un sacerdote glosa cada una de las siete últimas frases pronunciadas por Cristo antes de su muerte, y coro y orquesta ponen versos y música brillante y efectista tras cada intervención del oficiante. Todo ello en ese ambiente barroco que sabe crear el espíritu corellano, con decorados con sol y luna, un Cristo articulado y encapuchados que muestran en una cruz cada una de las siete frases.

Para cumplir con sus objetivos fundacionales, los miembros de esta cofradía o hermandad acordaron encargar el grupo escultórico de imágenes representativas del pasaje del Descendimiento, la Virgen de los Dolores con José de Arimatea y Nicodemo. De ahí que se le conozca igualmente por este nombre, hecho éste al que se atribuye el verdadero origen de la Procesión del Viernes Santo en Corella, puesto que dicho grupo escultórico fue posteriormente montado sobre peana, dispuesto a ser portada a hombros.

No se poseen datos precisos posteriores a éstos sobre sucesivas incorporaciones de otras figuras y representaciones al grupo de originarios “Dolorosos” que así se denominaron y todavía existen, especialmente de Personajes Bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento, al parecer, la parte más antigua de las representaciones procesionales. Este hecho de contar con representaciones anteriores al nacimiento de Jesucristo hace suponer que los organizadores fueron dándose cuenta de que habían partido del final (Muerte y Resurrección), lo más memorable desde luego, pero que querían rememorar desde el tiempo anterior, es decir nacimiento, vida, pasión y muerte del Señor.

Parece ser que, tras este primer paso dado con la constitución de esta cofradía, la iniciativa e impulso para la celebración de la procesión correspondió fundamentalmente a las dos Parroquias de la localidad, que junto con los diferentes gremios entonces existentes consiguieron que cada uno de éstos participara con algunas representaciones procesionales.

Considerado ya el inicio así como una cierta continuidad de la Procesión y el desarrollo de la misma, pronto debió alcanzar un singular prestigio, basado en su originalidad, lo que llevó a sus organizadores a incorporar figuras e imágenes, especialmente representativas de la Pasión y Muerte, en abundante y rica descripción de pasajes evangélicos, característica que conserva esencialmente en la actualidad. El interés que fue despertando y el entusiasmo alcanzado por lo que constituía un estimable patrimonio artístico, llevó consigo la posterior incorporación de importantes tallas como las del Ecce Homo o, sobre todo, el Cristo atado a la columna.

Desde esta época y hasta el momento del nacimiento de la Hermandad de la Pasión se dispone de pocos datos que permitan conocer cómo se fue desarrollando la procesión, si bien este hecho parece ser reflejo de que al inicio fue desarrollándose con algunas incorporaciones de elementos y figuras, para después transcurrir un largo periodo en el que apenas hubo ampliaciones. Esta circunstancia, sin embargo, no le hizo perder el prestigio y popularidad que siempre ha mantenido.

En todo este periodo y como hecho significativo, al ser de los pocos que se encuentra documentado, en el año 1863 se elabora una moción por parte de un grupo de corellanos, encabezados por Miguel Iriarte Viscasillas, que presentaron en el entonces Ayuntamiento Constitucional para solicitar del mismo que se sacaran en la procesión las imágenes existentes en la Parroquia del Rosario y que, parece ser, durante algún tiempo no participaron en misma. Por su claridad en la exposición y finalidad perseguida se reproduce a continuación el extracto de la misma:

La reseña o encabezamiento que se observa en el correspondiente libro de actas, dice así: “Moción que los sujetos de la siguiente lista han hecho para solemnizar la Procesión del Viernes Santo sacando en ella las Sagradas Imágenes de Ntro. Salvador, que en diferentes pasos de su Santísima Pasión y Muerte se veneran en la Parroquial Iglesia de Ntra. Señora del Rosario de esta Ciudad de Corella, cuya concesión verbal se hizo para la que se celebró en la del año 1863 y se confirmó por decreto dado por el M.I. Ayuntamiento de la misma para en lo sucesivo con fecha 18 de Noviembre del mismo año, al Memorial dirigido con dicho objeto en 29 de marzo anterior, cuya copia certificada por su Secretario se adjunta y dice así:

M.I. Sr. Miguel Iriarte y demás compañeros, con el debido respeto exponen, que deseando aumentar en lo que sea posible la Procesión del Viernes Santo, con Pasos de bulto que existen en la Iglesia de Ntra. Sra. Del Rosario, que antiguamente han salido en dicha Procesión, no pueden verificarlo sin permiso actual de Vs, pues se obligan para el presente año a ponerles a los tableros de las efigies varas para sacarlos. Por tanto a Vs suplican se sirvan conceder el competente permiso y facultad de cuanto exponen. Gracia que esperan de la justificación de Vs. Corella y Marzo a veintinueve de mil ochocientos sesenta y tres. Miguel Iriarte.

Seguidamente en dicho documento se refleja la siguiente anotación “Decreto. Como es posible según verbalmente lo tiene dispensado el Ayuntamiento, Auto, Así lo acordó el Ayuntamiento Constitucional de esta Ciudad de Corella en diez ocho de Noviembre de mil ochocientos sesenta y tres, de que Certifico”.

Existe igualmente la referencia de que fue a finales del siglo XIX cuando se incorporaron la mayor parte de las figuras vivientes que hoy conocemos.

Y llegamos al año 1937, en el que se comienzan a editar unos folletos en los que se lanzó la idea de erigir canónicamente una Hermandad que aunase esfuerzos y entusiasmos en pro de la procesión y cultos de la Semana Santa de Corella. Esta labor se realizó durante tres años más, editándose en 1939 una primera guía de la procesión que contaba con 15 páginas y en la que, en la última de ellas, se volvía a insistir en la idea antes mencionada formulando la siguiente pregunta “por qué en nuestro pueblo no se instituye una Cofradía del Santo Entierro que sea la encargada de conservar nuestra hermosa procesión y de organizar los cultos de la Semana Santa”.

También, como dato curioso, se tiene constancia de que, en el año 1956, y como consecuencia de las fuertes lluvias que impidieron que se celebrase la procesión el Viernes Santo, ésta fue trasladada a la tarde del sábado como una muestra más del arraigo de la misma.

Es en las décadas que van de los años sesenta a los ochenta en las que nos encontramos de nuevo con una fase importante en el devenir de la Procesión del Viernes Santo, con importantes incorporaciones de pasos procesionales.

Por aquel entonces la procesión tuvo diferentes puntos de salida, en un principio desde la Parroquia de San Miguel, a donde acudían los pasos ubicados en las demás Iglesias de Corella. Después, de la Iglesia de la Merced una vez que ésta se cerró al culto y hasta bien entrados los años 70 en que fue derruida, y por último, de la Parroquia del Rosario, desde donde se inicia en nuestros días.

En lo que respecta a las incorporaciones de pasos a que hacíamos referencia en esta época, en 1960 se incorporó el paso del Cristo Agonizante, en 1963 el de la Entrada de Jesús en Jerusalén, en 1967 el Paso de la Última Cena, que no pudo ser estrenado ese año a causa de la suspensión de la procesión por la lluvia que cayó durante toda la Semana Santa. En la década de los setenta, por su parte, se vuelve a editar una sencilla pero digna publicación con el orden de la procesión, esto ocurre en el año 1976, y en lo que a pasos procesionales se refiere se produce la incorporación, procedente de San Sebastián, del paso de la Cruz a Cuestas, concretamente en el año 1973, año en el que se le dotan de nuevas andas al paso del Cristo atado a la Columna y se le incorpora al paso del Ecce Homo la imagen de Pilatos, un paje y un soldado romano. Ya en 1983 se renovó y amplió el paso de la Oración del Huerto, habiéndose realizado posteriormente y hasta nuestros días otras muchas mejoras entre las que podemos destacar la renovación del paso de la Verónica o las nuevas armaduras adquiridas para los Alabarderos, así como la realización de una nueva publicación sobre la Semana Santa con información sobre el orden de la procesión y sus pasos procesionales.

En la procesión actual, pueden señalarse cuatro tipos de figuras: los pasos que representan los momentos más significativos de la pasión y la muerte de Jesús, la representación viviente de personajes bíblicos, la de otros personajes de la Iglesia posteriores al Evangelio, y la representación también de otros conceptos abstractos, como las virtudes cristianas o de la propia muerte, simbolizada en el esqueleto y su guadaña, y que ofrece una impresionante introducción a la procesión.

En todo caso, siempre se ha resaltado la singularidad de la estructura del cortejo, sin que se sepa por qué figuran en él tales personajes y no otros en una mezcla heterogénea y que no sigue, que se sepa o se atisbe, ningún patrón conocido.

Ramón García Domínguez describe este conjunto de forma acertada en el folleto sobre Corella editado en la colección de Temas de Cultura Popular por el Gobierno de Navarra.

“Puede decirse –señala– que la procesión de Corella es como un ‘auto sacramental’ gigantesco en que no queda punto de la Biblia, de la doctrina y de la moral por tocar. Toda la primera parte es un desfile de personajes bíblicos tomados, no sabemos con qué criterio selectivo, de los más diversos pasajes históricos del pueblo de Dios: Abraham e Isaac, Rebeca, Jacob y sus doce hijos, la hija del Faraón con una cestita y un muñeco dentro, Rut con su manojito de espigas, David con su arpa, Salomón y la Reina de Saba, la reina Ester, etc.

La segunda parte de la procesión –continúa narrando Ramón García–, como hemos dicho es la culminación y razón de ser de la primera, pues se trata de la representación de la pasión de Cristo. Aquí alternan los personajes de carne y hueso con las tallas y grupos escultóricos transportados en andas. El Nuevo Testamento lo abren sus cuatro cronistas, y siguen luego la Samaritana, la Cananea, los doce apóstoles y otras figuras de la vida de Jesús (todos ellos personajes reales), para avocar finalmente a las escenas y protagonistas de la Pasión.

Como bien puede apreciarse, el factor dramático o escenográfico es lo que priva (sic) en la procesión corellana. La caracterización de los personajes es artificiosa y a veces espectacular. Hay disfraces sumamente llamativos, pero quizá el que más lo sea, el uniforme que visten los soldados romanos que acompañan a los pasos del crucificado y el sepulcro (…)

Pero si toda la procesión es escenificación –añade este autor– hay tres momentos de la misma que constituyen verdaderas escenas o cuadros dramáticos. Una de ellas es la entrada en Jerusalén. Tras el “paso” correspondiente, va un grupo de niños y niñas portando palmas, luego cuatro chicas que sujetan una alfombra y finalmente Jesús, montado en un burrito muy adornado, con el brazo derecho levantado y el índice tieso.

Otro grupo lleno de verismo es el del prendimiento. El que hace de Jesús lleva una soga al cuello y va descalzo. Cuatro o cinco mocetones representan a los verdugos y le avasallan con palos, tirándole de la cuerda. El reo se tambalea, suspira, cae derrumbado…

Y, por fin, la escena cumbre del drama, la que centra la atención de todo el público y

Lo más curioso es que este desfile de figuras bíblicas va salpicado por representaciones de las virtudes cristianas e incluso personajes posteriores al Evangelio, santos padres o escritores sacros: San Gregorio, San Agustín, San Jerónimo…

Toda esta amalgama bíblico-histórico-doctrinal, al parecer incongruente, tiene, sin embargo, un sencillo pero profundo significado popular. Sería algo así como presentar toda una historia y toda una doctrina en razón de un personaje-centro (que aparecerá como cierre y culminación del ciclo procesional): Cristo y su pasión. Abundando en este mismo significado, es importante fijarse en varios otros elementos de esta primera parte, que constituyen verdaderos signos abstractos entroncados con la más genuina simbología medieval de los autos, los misterios o las danzas de la muerte.

Un gran esqueleto con su guadaña abre precisamente la procesión. El pueblo le llama “la muerte calaña” y representaría esa muerte universal por el pecado, de la que Cristo iba a ser el remedio. Para remachar este carácter universal de la muerte y de la redención, desfilan seguidamente cinco pendones que representan las cinco partes del mundo.

Hace que en la plaza del Crucero, escenario del cuadro, se amontone la gente para no perderse detalle: el encuentro de Cristo con el Cireneo y la Verónica.

El que hace de Cristo lleva una cruz de madera de unos cien kilos. De un portal sale un hombre con hábito morado. Se arrodilla, hace la señal de la cruz (i) y besa el suelo. Así tres veces. Luego se acerca y ayuda a Cristo a llevar la cruz el resto de la procesión. Aparece luego la Verónica. Lleva un paño blanco, limpio, todo el mundo puede verlo. Enjuga la cara del señor, y en el lienzo queda impresa su imagen. Durante ambas escenas reina un silencio sobrecogedor en el público.

LA ORGULLOSA PARTICIPACIÓN DEL PUEBLO

Como ya se ha señalado, casi un millar de corellanos forman parte de la procesión. Es, sin duda, un orgullo, hasta el punto de que, tal y como relata Agustín Fernández Virto en el folleto sobre la procesión editado por la Hermandad de la Pasión, en fechas no muy lejanas se pagaba por ello. “Tengo a la vista –dice– unos datos del costo que suponía en el año 1944, por ejemplo, hacerse con un puesto para tener el honor de transportar al Crucificado: Por el derecho de llevarlo, 30 ptas.; por túnica y caperuza, 75 ptas.; por el cilicio, 5 ptas.; por el báculo, 15 ptas… Total 125 pts.

Dicho orgullo queda de manifiesto, sin duda, en los alabarderos, que formando centuria acompañan al Sepulcro con su atuendo militar, más propio de hace tres o cuatro siglos que de la época romana. Y entre ellos ha destacado a lo largo de gran parte del siglo pasado Daniel Librada, que desfiló en la procesión, buena parte de los años como jefe de la centuria, desde 1911 hasta el año de su fallecimiento, en 1984.

“Salió por primera vez –cuenta su hijo Ricardo– con 15 años de edad. Y fue tal el impacto que le produjo que hizo una promesa al salir de la procesión: que mientras tuviera salud saldría vestido de alabardero. Y así fue. No dejó de salir más que un año por gripe.

Ricardo cuenta cómo llegó a la jefatura de la centuria su padre: “Compró un traje en 1917 por 20 pesetas, que en aquellos años era una cantidad importante. Entonces, a raíz de aquello ya empezó a salir de jefe de la primera centuria por votación de los alabarderos. Mi padre fue –añade– el inventor de los famosos cruces”.

Ahora, el hijo ha sucedido en el rango al padre, aunque tal vez le resulte difícil igualar su fidelidad. Fidelidad puesta a prueba en tiempos tan difíciles como los años 30. “Allí por los años 33 y 34 –cuenta Ricardo– por problemas que no vienen al caso, la procesión no salió, y entonces mi padre reunió a los cinco o seis más fervientes seguidores, hizo una nueva escuadrilla y montaron guardia ante el Cristo, vestidos de alabarderos, mientras se celebraba la función de las Siete Palabras”.

También las mujeres, que ya participan en otros apartados de la procesión, tuvieron cabida entre los alabarderos. Durante varios años salieron cuatro o cinco. Pero la costumbre decayó por, al parecer, lo penoso de desfilar embutido entre metales y golpeando el suelo con energía. “Si no te vistes bien sales muy marcado” dice Ricardo Librada.

Este orgullo fue acrecentado, sin duda, en 1967, cuando el Ministerio de Información y Turismo declaró la procesión de interés turístico y como “uno de los 50 desfiles procesionales más típicos y característicos de España”.