UN PREÁMBULO A LA PROCESIÓN: LA FUNCIÓN DE LAS SIETE PALABRAS

La función de las Siete Palabras tiene lugar el mismo Viernes Santo, antiguamente entre las 12 y las 3 de la tarde, hoy con algo menos de duración, y en ella el sacerdote glosa las siete últimas frases pronunciadas por Jesús antes de su muerte. Nada singular, de no ser porque el acto se reviste de nuevo del barroco espíritu corellano que lo convierte en una función en la que las palabras del sacerdote se mezclan con los cantos del coro y la música de la orquesta en un concierto sacro impresionante que, para mayor dramatización, se celebra con decorados casi teatrales y la presencia de encapuchados que sostienen una cruz a la vista de todos en la que se lee cada una de las frases que se glosan.

De nuevo, Ramón García, en su folleto “Corella”, describe la función de forma precisa:

“La Función de las Siete Palabras se abre a las doce del mediodía del Viernes Santo y termina, por un milagro de precisión, a las tres en punto, hora en que se consumó el drama del Calvario.”

En el altar mayor de la parroquia de San Miguel, convertido en verdadero escenario, se alza un gran Cristo en la Cruz, escultura de Pedro Ribaflecha y datado en 1655. Es articulado, y el mismo que luego, en la procesión, en un alarde de realismo significativo, será puesto en el sepulcro. Junto al Cristo, las imágenes de la Magdalena y San Juan. Y como telón de fondo de la escena una gran sábana negra en la que están recortadas las siluetas del sol y la luna, iluminadas por sendas luces y que, en el momento oportuno, se oscurecerán en cumplimiento del versículo evangélico.

Los dos protagonistas del acto son el predicador y el coro. Misión del primero es glosar cada una de las siete frases que Cristo pronunció en la hora de su muerte. El coro, a su vez, se compone de una parte instrumental y la escolanía. Una de las cosas que más extraña al visitante forastero que asiste a este acto religioso, es la instrumentación de la partitura musical. Esta no se limita al órgano, como instrumento rey y exclusivo –así lo habíamos creído siempre– de la música sacra, sino que abarca toda la gama instrumental de la orquesta, tanto en cuerda como en aire.

La partitura es obra del maestro Mariano García Zalba, organista de la Catedral de Pamplona en el siglo pasado, nacido en Aoiz; y fue otro organista de la parroquia corellana de San Miguel, Juan Resa, quien consiguió los permisos para traerla a Corella. Se cree que fue en 1874 cuando se interpretaron las Siete Palabras por primera vez.

La música del maestro García es barroca y brillante, patética y esencialmente teatral.

El esquema del acto religioso es el siguiente: Tras una introducción musical en la que se invita al pueblo a acercarse a la Cruz, comienza el sermón o glosa de la Primera Palabra. Al iniciarse la plática, se ha presentado en el altar mayor un encapuchado, portando una cruz roja en la que está grabado el texto de la frase de Cristo. Allí permanecerá, inmóvil como una figura de cera, hasta que sea sustituido por el encapuchado de la Segunda Palabra. Una vez más cabe resaltar esta plasticidad y extraversión del carácter corellano, que le lleva a materializar incluso algo tan sutil e intangible como es la palabra.

Terminado el comentario del predicador, viene la intervención del coro. Voces y orquesta hacen música patética las palabras y escenas del calvario, rimadas por un poeta colorista y fácil. La Segunda Palabra es un solo de tiple, bonita y sentimental. La Quinta es tal vez la más efectista. Interpretada por tiple y coro, el compositor logró una música conmovedora y muy hermosa. La música de esta Palabra era originalmente la de la Primera; luego, como se comprobaba que al comenzar la función solía haber muy poco público, se cambió la partitura y se adaptó la letra de la Quinta.

Pero la que sin duda se lleva todos los puntos del fervor popular es la Sexta, con su célebre solo de flauta. Es una melodía dulce y larga, tan admirada por los corellanos por cuanto supone de agradable al oído, como por la resistencia física y los pulmones a toda prueba que se requiere en el intérprete. Varios nombres de músicos locales van unidos, en la mente popular, a este solo de flauta, que interpretaron quizá durante años y años, y cuyo comentario más elogioso por parte del público era el de “no ha tomado ni un respiro en todo el rato”.

Son las tres menos unos minutos de la tarde, y está terminando el grandioso coro final de la Séptima y última Palabra. Se hace luego un profundo silencio y, en algún sitio del templo, suenan las tres campanadas de la hora fatídica. Es un sonido agudo y muy vibrante. Ha llegado el momento cumbre. El sol y la luna del telón del altar mayor se oscurecen repentinamente. En los altos balcones laterales de la nave central fulgura un relámpago y estalla el trueno (conseguido todo ello con azufre y una chapa de latón). La tempestad crece: mucho ruido y muchos fogonazos. Y sobre este “gemido de la naturaleza” ante la muerte de su Autor, la Oración fúnebre del coro, a voz en cuello, en la que la frase “¡Ya murió!” suena reiterativa y seca una y mil veces. El drama del calvario –en todo el sentido de la palabra– ha terminado.

En relación con este acto cabe reseñar igualmente la singularidad de los versos que se cantan en el mismo. Dichos versos fueron obra del Padre Alonso Mesía y a ellos se hacía referencia bajo el título “Devoción a las tres horas de agonía de Cristo, Nuestro Redentor”, y método con que se practicaba en el Colegio Máximo de San Pablo de la Compañía de Jesús en Lima, extendida después a otras Provincias”.

El citado Alonso Mesía nació el 10 de enero de 1655 en un pueblo de las Indias llamado Pacarao, encomienda de sus padres –territorio de una Orden Militar–, que siendo vecinos de Lima se hallaban por casualidad en dicha encomienda.

Inició sus estudios religiosos con la Compañía de Jesús en Lima, donde los concluyó con grandes créditos de virtud y aventajado ingenio. Cuentan que el Padre Mesía empezó este devoto ejercicio de las tres horas del Viernes Santo primero sentado en una silla y con algunas almas devotas que asistían a la Iglesia del Colegio Máximo de la Compañía de Jesús. A los pocos años fue necesario subir al púlpito, porque se llenaba la Iglesia de un numerosísimo concurso a un empleo tan devoto y tan propio de día tan sagrado como el Viernes Santo. Esta práctica la vino repitiendo durante el resto de su vida hasta que el 5 de enero del año 1732 murió a la edad de 76 años.